¿Sería mejor nunca haber nacido?

Me gusta este chico.

Siempre superencabronado, pero la verdad es que tiene razón.

Si estás depresivo, hundido o incluso solo aburrido, te aconsejo que no sigas leyendo.

Resumamos el análisis existencial de Arthur, el soltero de oro. Sí, Schopenhauer.

Todo análisis existencial, argumentaba, parte de la premisa oculta de que la vida es intrínsecamente valiosa. Vinimos a este mundo para ser felices y maximizar el placer. ¿Tiene esto que ser así?

Schopenhauer te obliga a enfrentar la pregunta incómoda:

¿Es el ser realmente preferible al no-ser?

Para el filósofo alemán, el núcleo de toda realidad no es racional ni ordenado, sino voluntad (Wille). Es una fuerza irracional, un impulso ciego que quiere sin saber por qué, que empuja todo lo existente a permanecer, reproducirse, luchar y desear.

Esa voluntad se objetiva en nosotros como querer-vivir. Siempre queremos algo, siempre estamos impulsados hacia un objetivo, siempre falta algo.

Y allí aparece el sufrimiento. Para Schopenhauer, todo deseo es una carencia: mientras deseo, sufro por lo que no tengo. Y si cumplo ese deseo (aunque queden miles sin satisfacer), el placer es breve; enseguida aparece un nuevo deseo… o el tedio, que es otra forma de sufrimiento.

De ahí su idea central:

“La vida oscila como un péndulo entre el dolor y el aburrimiento.”

No hay un punto estable de satisfacción. El péndulo no se detiene.

Para él, sufrir no es un accidente ni una excepción. El sufrimiento es la condición universal de todo ser vivo, porque todo ser vivo es una expresión de la voluntad, y la voluntad es falta, empuje, tensión. Donde hay voluntad, hay choque; y donde hay choque, hay dolor.

Incluso lo que llamamos felicidad es negativo: la ausencia momentánea de dolor, una tregua que inevitablemente termina.

Por eso Schopenhauer sentencia:

“Sería mejor nunca haber nacido” y “La vida es un negocio que no cubre los costos.”

Si la vida es un escenario estructuralmente doliente, nacer es entrar en una maquinaria que solo puede darnos frustración, ansiedad, envejecimiento y muerte.

Cualquier placer que podamos experimentar nunca compensa el dolor: el dolor es intenso, prolongado y estructural; el placer, breve, frágil, una suspensión temporal del malestar.

Si no existiéramos, no perderíamos nada. El no nacido no conoce error, frustración ni daño. No hay un “yo” privado de placer. La inexistencia es neutralidad perfecta.

Schopenhauer sostiene que nacer es ser arrojados a un mundo que no elegimos. El nacimiento no es un acto voluntario, sino un hecho impuesto por la voluntad de la especie bajo la máscara del amor (su metafísica del amor sexual). Ser traído al mundo es ser condenado a una cadena de deseos, necesidades, pérdidas y dolores que nunca pedimos. Es, literalmente, una injusticia ontológica.

Querer es esencialmente sufrir; y como vivir es querer, toda vida es, por esencia, dolor. Cuanto más elevado es el ser, más sufre. La vida humana no es más que una lucha por la existencia, con la certidumbre de resultar vencido.

Una cacería incesante donde los seres, unas veces cazadores y otras cazados, se disputan las piltrafas de una horrible presa.

Una historia natural del dolor que se resume así: querer sin motivo, sufrir siempre, luchar de continuo y, después, morir. Y así sucesivamente, por los siglos de los siglos, hasta que nuestro planeta se haga trizas.

Antonio Damasio, estudiando la biología de la consciencia, llega de algún modo a conclusiones similares: el mecanismo necesario para la consciencia se basa más en el dolor y el sufrimiento que en el placer. La homeostasis no busca felicidad, sino equilibrio con el entorno.

El budismo, con su ausencia de deseo, es la versión oriental de la única vía para evitar el sufrimiento.

El Diseño Humano se resume en el no choice: jódete y acepta que esto es lo que hay. Ámate, mastúrbate y reza aquello de “virgencita que me quede como estoy”; con suerte, la vida te deja en paz. Cuida tu cuerpo.

Rudd, desde los cielos, eleva el “jódete” a “abre el corazón”: engáñate con un propósito, todos son buenos, acepta lo que venga, incluso si vienes a que te den por el culo, porque la sodomía te sanará el karma. Y luego, si no has muerto, llegará el dharma de la individuación, la prosperidad, la armonía y la paz. Bonitas palabras para la homeostasis de Damasio.

Parece que la conclusión es pegarte un tiro en las pelotas —si las tienes— o donde prefieras.

O simplemente aceptar lo que hay: llámalo rendición o el buenrollista eufemismo “aceptación”.

Miento: también puedes hacerte advaita y convertirte en una ameba a-sintiente, creyendo que todo es un mal sueño.

Como ves, hay de todo como en botica.

Yo voy día a día.

Pura receptividad, la estrategia del ahora.

Si hay deseo, a por él.

Si no lo hay, no pasa nada. Ni pienso que lo tuve ni pienso que lo voy a tener.

Surge un beso: beso.

Surge un abrazo: abrazo.

Surge nada: nada.

Lo que no surge, no existe.

Nunca surge lo que no surge.

La física y la química del encuentro.

Lo demás, pura metafísica.

Mientras tanto, hay que dar de comer a la máquina del tiempo: esa mente loca, loca…

Y, of course, mantener la homeostasis bioquímica del puto y frágil carbono.

© Alf Gauna, 2025

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