“La neurociencia define la forma más alta de inteligencia y la llama METACOGNICIÓN.
No se trata de la memoria, ni de la velocidad de pensamiento, ni de la lógica, ni de la inteligencia numérica, ni de la analítica, ni de la emocional, ni de la creativa.
La metacognición es pensar sobre el propio pensamiento. Es analizar la propia mente buscando respuestas:
¿por qué sentí aquello? ¿Fue real o estuve influido?
Es reescribir la propia opinión en tiempo real; es el cerebro corrigiendo errores propios, no los de los demás.
Por lógico que esto parezca, la ciencia nos dice que muy poca gente lo hace, casi nadie. Estamos a menudo súper convencidos de casi todo. Defendemos a nuestro yo más tonto: ese que llegó a una conclusión en diez minutos tras ver un vídeo, una fotografía o escuchar la opinión de alguien que le cae bien. Pasamos diez años defendiendo una conclusión que sacamos en cinco minutos porque no solemos reevaluarla jamás. Hacerlo es metacognición.
Curiosamente, las personas de más de 30 años, con alta formación académica y éxito profesional, son quienes menos practican la metacognición. Se creen muy listos, tienen el ego intelectual alto, confían ciegamente en lo que les imbuyeron en la universidad y se consideran muy por encima de los demás. Perdieron la humildad intelectual que una vez tuvieron; dejaron de evolucionar cuando les dieron el título. Y si ahora son jefes… nada que hacer.”
Traigo este texto de algún lugar de la red; no recuerdo de dónde me llegó.
El Diseño Humano habla de la Personalidad de forma confusa. Desde que murió Ra nadie lo explica bien; él mismo, según el día que tuviera, tampoco.
Tenemos demasiadas palabras para eso de la psique. Demasiadas.
Que si Personalidad, que si la mente del No Ser, que si la Sombra, que si el Ego, que si el Cristal de Personalidad, que si el Testigo, que si el Yo Superior, que si el Niño interior, que si una retahíla de yoes, que si consciencia autorreflexiva, que si awareness e incluso mi temida conciencia…
Un sinfín de nadas vacías para intentar definir una liminalidad incierta, escurridiza y sesgada según la cultura.
Ya sé que técnicamente son cosas distintas, pero la gente que llega a estos lares sesga según su capacidad cognitiva y la comunicación se vuelve complicada.
Al final terminas explicando como puedes quién es el que realmente mira, adaptándote de algún modo a su dirección kósmica:
la perspectiva desde la que puede mirar en su momento vital y, de algún modo, la cantidad de perspectivas que gestiona más allá de la primera persona.
Y añade que esa primera persona quizá no sea realmente un simple Yo,
sino un Yo enmascarado por condicionamientos, heridas, transgeneracionales y epigenéticas.
Un verdadero pitoste.
Esa definición de metacognición como “pensar sobre tu propio pensamiento”, aunque sé que son palabras necesarias para describir, me rechina.
Evaluar por qué sentí aquello o si eso fue real o me influyeron vuelve a priorizar la mente, el neocórtex, y la idea de que siempre hay algo que hacer.
La metacognición es realmente —como diría el Diseño Humano— ese Pasajero que despierta a que nada puede hacer salvo aprender a mirar y a comunicar lo que su motivación conceptualiza desde su perspectiva nodal, en una experiencia definida por resonancias, armonías y disonancias con las temáticas mundanas y trascendentes de la caja lunar y planetaria.
Una marioneta de quarks encarnados en biota que baila el vals sufí de giros y contragiros relacionales con la vida.
¿Te he aclarado algo? No lo creo.
Ya sabes… la milonga del lenguaje.
© Alf Gauna, 2026