Huyendo del amor

El dinero y la salud me han servido durante muchos años de excusa para huir del amor.

Cuando se relativizan, emerge el quinceañero platónico que anhela.

Relativizar significa aligerar la presión condicionada de lo transgeneracional, lo epigenético y de la propia configuración mecánica de mi Diseño.

Cuando la necesidad trasciende la transferencia del miedo, no queda otra que enfrentarse cara a cara con la esencia de tu Ser.

Las serendipias de la vida te lo recuerdan cuando un desconocido te lo trae en forma de fotografía.

Incapaz de reconocer a ese adolescente, incapaz de recordar ese cuerpo.

Un trigger que despierta la conciencia de que el sueño de lo cosmológico era la huida al espacio de un ser terriblemente amoroso, pasional, absurdamente empático, que no tuvo otra opción que abordar la Starship de la disociación emocional.

Compartimentar lo holístico, lo orgánico posturquesa, en anodinos ítems magentas, azules, naranjas, verdes o amarillos.

Es la propia vida la que te trae, suddenly —siempre me encantó esta palabreja—, el desafío del reencuentro con tu ser a través de otro ser.

En ese momento emerge el poeta, el narrador kósmico de la pasión biológica.

El músico que engrana las esferas celestes en supernovas de anhelos o en agujeros negros de deseo.

El sintiente existencial.

Muertos todos los roles, asúmelo: solo queda el amante.

Con todos los desafíos circunstanciales que conlleva.

© Alf Gauna, 2026

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