Wonderland

© crédito imagen Anna Lou «Annie» Leibovitz

Es complicado ser madre proyectora.

Son dos roles doblemente responsables.

Añade hija, añade compañera.

Y el bloody mary está servido.

Mi mundo siempre ha sido un mundo de mujeres.

Mami me metía en su cama para que papi, cuando venía un poco bebido, no se le fuera la olla.

El niñito se creyó el papel de San Jorge y se autobautizó como el adalid que salvaguarda el mundo femenino del Dragón Patriarcal.

Malentendió su masculinidad, escondiéndola, diluyéndola, castrándola.

Allá por el 2000, una brasileña me presentó el Diseño Humano y una argentina me dijo: “che, a ti te robaron la llave de tu masculinidad”.

No solo eso, sino que se la llevó —o se la encontró— alguien que pudo triunfar con ella, pues también me robó el rol proyector.

Bueno, siempre está la excusa de que eso lo conseguirás con el sudor de tu frente, que yo no la merecía por ser un vago con el ego definido.

One day, la Virgen de Lourdes se dio cuenta y bajó de su altar para explicarle al niño que canalizara sus ganas de proteger en empoderar a esas mujeres para que pudieran sobrellevar todos esos roles.

Es lo que hago desde hace ya 26 años, in my way, como diría Sinatra, con mayor o menor fortuna. Pero feliz, sintiendo a esas mujeres empoderadas.

Siento que mi rol de acompañante se está cerrando, más con la llegada del plot twist del 27.

Quizá me toque disfrutar como voyeur kósmico de ese poder yin.

Sueño con un ejército de sodomitas yin, unas amazonas que sodomicen a trumps pederastas, a netanyahus sionistas, a ayatolás burkianos, a zares homófobos, a emperadores chinos y a dictadores coreanos.

Aquí, sentado con mis palomitas, waiting for…

© Alf Gauna, 2026

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