Os comparto un secreto.
Tómalo como una proclama.
Tengo miedo a la vida.
Realmente, a la vida orgánica, sí, la del carbono.
No digamos ya cuando aparece el supuesto sapiens y surge, como pedo gáyico, la mente.
Sí, dos bestias que me dan repelús.
El mundo, homogeneizado en su inflado ego de denominarlo todo y encasillarlo, a lo que no comprenden lo llaman autismo o neurodivergencia, you know, milongas.
No creo en el alma ni en el espíritu, ni siquiera en los electrones; solo en los quarks, los neutrinos y en esa vida loca antiorgánica que es el giro a lo sufí.
Una especie de eternidad kósmica sin centro, que no entiende a quién coño se le ocurrió esto de comer, cagar, mear, dormir, follar, enfermar… y tener que aguantar a algunos conglomerados de células narcisos egóicos tremendamente plastas.
Me diréis: “Alf, ¿follar tampoco?”. Pues depende, tú ya sabes, de con quién.
Salvaría el orgasmo, pues en el fondo es la encarnación terrestre de una supernova.
Está la metáfora de ser ET, eso de venir de Andrómeda, pero que en el fondo es más de lo mismo: siempre queremos ser especiales y ser alguien, vengamos de donde vengamos.
Yo siempre he tenido mucha angustia con eso del Dasein heideggeriano, eso de que por cojones, para ser, hay que existir ahí.
Ahora que me hago mayor, me da pereza incluso lo de ser, pues implica centro, y realmente, de ser algo, somos suspiros de procesos, eventos relacionales que expiran y se diluyen en el viento de neutrinos.
Dejà vus que polimorfean el tao yin.
Hoy aquí, mañana en ninguna parte.
Nómadas de la nada vacía.
Eternos de un ahora que nunca existió.
Mientras tanto, me toca cagar.
© Alf Gauna, 2026