Lo Grupal para un Proyector

En las ediciones que conduzco de la Escuela de Proyectores, el concepto de grupo suele prestarse a confusión.

En realidad, no se trata de un trabajo grupal en el sentido habitual, sino de un proceso de empoderamiento y autoestudio. Un espacio donde cada Proyector diferenciado se enfrenta a la tarea de reconocer sus debilidades y potenciar sus fortalezas para diluir amenazas y asegurar oportunidades.

Podría decirse que es una escuela de generales, al estilo de los Marines, que un día comandarán su propio ejército.

Un proceso de aprehender, más que de aprender.

Porque no hay grupo sino una relación “one to one” con el director. Él guía la pedagogía del aprehendimiento, y esa experiencia individual se comparte luego con los demás como método del caso —del mismo modo que en los programas de máster donde se analizan empresas de éxito y de fracaso.

La esencia del Proyector reside en su curiosidad y en el interés que decide poner en juego.

El feedback que recibe es directamente proporcional a ese interés.

Por eso, en el fondo, se trata de luchar por uno mismo. De buscarse la vida, en la línea de la Cruz del Fénix, más allá del 2027.

El camino del Proyector consiste en indagar por sí mismo, sin esperar el movimiento del otro. Porque, en última instancia, no hay otro.

Solo existe una fuente que responde en función de la calidad de tus preguntas, y esas preguntas solo pueden nacer de tu propio autoestudio.

De ahí la importancia de trabajar previamente con las sombras. Si no se hace, el grupo corre el riesgo de convertirse en una constelación terapéutica, o el guía pedagógico en un sanador de karmas.

Ese tipo de proceso pertenece a otro ámbito: el trabajo sobre la Secuencia de Venus.

A menudo, la llamada de la Escuela de Proyectores actúa como detonante: hace consciente la necesidad de iluminar las sombras. En ese sentido, es un elemento disruptor que señala lo que debe resolverse antes de avanzar.

El obstáculo principal es la mente, que cree que decide, cuando en realidad es el cuerpo el que encuentra.

El proceso de aprehendimiento no implica un aprendizaje mental, sino un almacenamiento celular, un embodiment inconsciente que llega con retraso al neocórtex, se vuelve consciente, y luego, con la práctica, vuelve a volverse natural e inconsciente.

Como al aprender a conducir un coche: al principio es mental, luego corporal, finalmente automático.

El problema es que el victimismo y el condicionamiento nos atrapan en alguna de las siguientes etapas:

Incompetencia inconsciente: No sé que no sé.

Incompetencia consciente: Sé que no sé.

Competencia consciente: Sé que sé.

Aceptar que no se sabe “lo que se sabe de forma natural” —y no dejar que la mente dude de ello— es difícil, sobre todo con la educación que hemos recibido. Esa duda retrasa el acceso a la competencia inconsciente, el estado donde el saber fluye sin fricción.

Y ese es el objetivo final: formar líderes que puedan guiar su propio ejército.

Más adelante, mediante las sinergias entre los grupos guiados por cada Proyector, se forman estructuras mayores: batallones, regimientos, alianzas.

O, simplemente, puedes reunirte con otros Proyectores en el club de oficiales para compartir vuestras batallas vitales.

Sé que la metáfora militar no goza de buena fama.

Pero es clara.

Y busco claridad, no complacer ideologías.

© Alf Gauna, 2025

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