El ladrón de besos

Mi casa no era ni de besos,

ni de abrazos,

ni de carantoñas.

Entre euskaldunes y astures,

eso son mariconadas.

Ya no pido perdón

por los términos no inclusivos.

Madres frías,

padres ausentes.

Cada cual se buscaba

la vida del afecto

como podía.

El autismo y la alexitimia del varón

eran lo adecuado.

You know,

los hombres duros nunca lloran.

El sacrificio:

eso lo conseguirás

con el sudor de tu frente.

Y si hay que ser cabrón, ya sabes:

business killer way,

se es

y punto.

El niño confundido

se mataba a pajas

buscando cuerpos;

iba a poner “virtuales”,

pero en realidad

eran de papel satinado.

La liminalidad sexo–cariño

se difuminaba.

Freud, Jung y Lacan

justificaban lo anal.

Cuando te haces padre,

la cosa se complica,

pues confundes

la nutrición para la supervivencia

de tus hijos

con la no necesidad

de expresar el afecto.

Y si, además,

la sostenibilidad económica

se hace cuesta arriba,

emerge

la tormenta perfecta

de la excusa.

Según envejeces,

la carne

se convierte

en estatua de piedra.

Solo la vida, maybe,

te trae

la segunda oportunidad.

Esa

que te permite

encontrar un abrazo sincero

que, por primera vez,

aceptas sentir.

Aunque te marees

como si fuera

tu primer orgasmo.

Sí,

esa en la que eres capaz,

incluso,

de robar un beso.

© Alf Gauna, 2025

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