Hay gente que no se cree que yo sea romántico.
El romanticismo es, en esencia, anteponer la pasión a la razón.
Como siempre, los términos confunden.
Chopin me acompaña desde los 13 años, desde que empecé a matarme a pajas para que saliera la pasión interna, una mezcla de deseo y de amores platónicos.
Veamos qué dicen sobre ese Romanticismo del siglo XIX.
El Romanticismo fue un movimiento cultural, artístico y literario que surgió en Europa (principalmente en Alemania e Inglaterra) a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, como reacción contra el racionalismo de la Ilustración y el Neoclasicismo. Exalta el individualismo, la subjetividad, los sentimientos intensos, la libertad creativa y la naturaleza indómita.
Características clave del Romanticismo:
Exaltación del “yo” y la subjetividad: prima la emoción, la intuición y la pasión sobre la razón. Ruptura con las normas: busca la libertad creativa total, rechazando las reglas académicas del Neoclasicismo. Naturaleza y evasión: la naturaleza se concibe como reflejo del estado de ánimo del artista, a menudo salvaje o melancólica, y como refugio frente a la industrialización. Valoración del pasado y nacionalismo: interés por la Edad Media, las leyendas, el folclore y las tradiciones nacionales. Héroe rebelde: protagonistas atormentados, inconformistas y apasionados.
Este movimiento influyó profundamente en la concepción del arte como expresión de la sensibilidad interior del artista y marcó una era de búsqueda de autenticidad y libertad, extendiéndose también por América.
Salvo lo del nacionalismo y el folclore, que me repele por mi cosmovisión, con lo demás me identifico plenamente.
Por otro lado, soy de los que tienen claro que el pasado lo llevamos de serie en nuestras propias células, epigenéticamente. No hace falta recordarlo de forma neuronal: emerge con los triggers de la experiencia.
La naturaleza también me acompaña. Ahora, con esto del streaming, cada noche me escondo en una cabaña de Alaska, solo, con mi chimenea.
Vaya… pues parece que soy un romántico, más allá de lo que Disney nos vendía.
El anhelo de una princesa o un príncipe azul era lo que importaba; no que apareciera y rompiera ese anhelo con su aliento en una convivencia vulgar.
No era conseguir a la persona: era no tenerla nunca.
En el anhelo está el romanticismo: poseer sin tener.
Un presente que nunca llega.
Y eso es lo que la vida me trae.
© Alf Gauna, 2026