Para casi todos —salvo en psicópatas o narcisistas— la ley humana es una liminalidad moral entre el individuo y el grupo.
Siempre advierto, cuando hablo de moral, de psicópatas o de narcisistas, que es algo relativo, pues hay configuraciones encarnadas que, de forma natural, pueden ser evaluadas e identificadas dentro de cualquiera de los grupos de enfermedades mentales del DSM-5.
Algo así como que la Ley Kósmica —llámala divina si gustas— establece fractales donde la ley humana simplemente se soslaya.
Sería interesante seguir la trazabilidad evolutiva de las leyes y, por ende, la supuesta moral que se esconde tras ellas.
De algún modo, la ley kósmica encarna y evoluciona desde la bioquímica y la biología, desde la interacción con el entorno y entre especies; luego se antropomorfiza, se vuelve tribal, se vuelve cultural y, supuestamente, se civiliza.
Cuando viene Trump y se salta todas las leyes a la torera nos escandalizamos, pero el poder siempre se las ha saltado de manera más sofisticada: simplemente cambiándolas a su gusto a través de las oligarquías que controlan los cuatro poderes.
Esto no se trata de justificar nada, sino de observar objetivamente y despertar del sueño más allá del bien y del mal.
El Diseño Humano vino para que siguiéramos nuestra propia ética, cincelada en nuestro ADN, más allá de las morales humanas.
Evidentemente vivimos en interacción, y lo más cercano es lo tribal. Y el primer paso es reconvertir lo tribal en fractal: un matiz que sigue la ley kósmica más allá del condicionamiento genético y cultural.
El siguiente paso es encontrar ese lugar donde las bombas no llegan. Las redes nos invaden con mapitas de los países más seguros; yo siento que es simplemente seguir tu vida con tu fractal, al menos hasta que los tanques —iba a decir de Putin, pero da igual, pueden ser de Trump o del chino— aparezcan. Son un único arquetipo. O hasta que veas el hongo atómico en la lontananza.
Ahí ya da igual todo.
Vive tan intensamente como te deje la vida, más allá de lo que tu mente intente castrar justificándose con el dolor de tus heridas.
© Alf Gauna, 2026