Tengo just now turbulencia de finales de los 60.
No tiene sentido, pues era niño.
Hice la comunión en 1970, con ocho añitos recién cumplidos.
Pura EQ.
Mi boca, llena de llagas, no quería tragarse una hostia sin sentido.
Siento cosas tipo Doctor Zhivago, El último tango en París o alguna peli francesa con banda sonora de Legrand, como Un hombre y una mujer.
Amores prohibidos, tormentosos, morbosos, sexuales.
Médicos poetas rebeldes.
Seres acabados y solitarios.
Matrimonios en decadencia.
Amantes.
Accidentes de coche que rompen amores puros.
Playas en invierno donde se pasea con la amada.
Incluso veraneos invernales en los que te enamoras de la recepcionista del hotel,
o el simple y tierno amor de juventud de la preciosa chica de Zarautz.
No sé si lo siento yo
o la epigenética de mis células.
No siento ni lo transgeneracional
ni lo constelar.
Siento la experiencia vivida, morfeadora de genes,
que transmite emociones encarnadas por el árbol.
Es un matiz muy distinto.
Heredas emoción.
Tu ser se enriquece, aumentando dolor y placer.
Tu pantone colorea la acuarela de la vida
con nuevos tonos que detallan
los anodinos colores
de un simple gen transgeneracional.
No hace falta constelar.
Somos constelación.
A la mierda Mendel y sus inamovibles corsés.
Somos el arca perdida de la emoción familiar.
Solo hace falta abrir el corazón
para abrir la Caja de Pandora
de sentir y revivir, sin miedo,
lo vivido heredado en tu propia biografía.
Quiero sentir.
Quiero sentir.
La Pasión de Cristo en mis células,
a modo de nazareno sadomasoquista
que carga las experiencias vividas
por el árbol familiar.
Vanidad humana
que no acepta
que realmente siente todo,
todo,
todo
lo que el universo ha sentido hasta hoy.
¿Escuchas?
No es empatía.
Es permitir sentir el cosmos
que está dentro de ti.
Eso sí, a tu manera,
como tu carne perciba y aprehenda.
Amar es eso:
solo existir sintiendo.
© Alf Gauna, 2026