¿Definir los centros sin definir?
¿Esas puertas que hagan única su definición?
¿O esas otras que les permitan manifestarse?
I know… es lenguaje de Diseño Humano y no todo el mundo tiene por qué entenderlo.
Podemos decirlo de otra manera, más biológica: eso del imperativo genético.
Algo así como que la especie —cualquiera— busca lo distinto para, en la diferenciación, mejorar la adaptación a un entorno agresivo y optimizar la supervivencia.
Muy darwiniano: el que mejor se adapta, sobrevive.
Si entramos en lo psicológico, la olla se va completamente.
Porque ahí entra un popurrí de miedos físicos, ansiedades mentales e inquietudes emocionales.
Es lo que rula ahora, desde que Descartes vino con la milonga cuerpo-mente.
La ciencia, la técnica, la medicina y las revoluciones sociales posturanianas relativizaron los peligros ambientales y, en cierto modo, nos acomodamos.
El animal quedó en el camino y la psique tomó el mando.
Sólo cuando nuestro mundo se tambalea el cuerpo entra en escena again. Ya sabes: un cáncer, un covid, una guerra…
Este 2026 es el cierre de esa etapa psíquica que comenzó con la vanidad de la ciencia allá por 1600 y con aquello del “todos somos iguales” de Urano; ya sabes, los franceses con su igualdad, fraternidad y libertad… aunque casualmente sean también de los privilegiados en tener bombas atómicas.
Se dice que el DH vino al mundo para esta nueva etapa que se abre el año que viene y que, de hecho, ya nos acompaña desde 2008, cuando la milonga financiera explotó, y desde 2020, con ese covid que nos dio una hostia en la cara dejando claro que el tiempo no es mental, sino biológico, y que somos de un carbono muy, pero que muy frágil.
Las modas están en las redes, que de algún modo reflejan lo que quiere la gente con sus deditos up & down.
Y la gente parece que sólo quiere manifestar sus heridas o sus supuestos dones… y tener éxito.
Algo que parece ir muy en contra de los porcentajes de tipologías de los que habla el DH.
Nadie construye. Y ahora, con la excusa de la IA, aún menos gente lo hará.
La búsqueda de abundancia en un planeta de recursos limitados implica injusticia. Y podemos ver esa injusticia por doquier.
La utopía anglosajona que vende Rudd con la prosperidad no deja de ser poesía mística para aquellos que no tienen casa y luchan por tener cocido en la mesa every day.
Soy nihilista. Tampoco creo en quienes pretenden cambiar el mundo desde ideologías trasnochadas.
Sí, al final llego a lo de siempre: o la aldea gala de Asterix o la Alexandria de The Walking Dead, con un grupito de afines fractales.
Aunque, a veces, el nihilismo llega a la simple soledad de Soy leyenda.
Pues me quedé solo con mis antígenos ARN, esos que me permiten vencer el virus de la homogeneización.
Veremos…
© Alf Gauna, 2026