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Encontrar la respuesta dentro del barrabutillo de activaciones de un ser es complicado.
Cuerpo, mente y espíritu van cada uno por un lado.
Siempre, siempre, hay una especie de tiranía dogmática de alguna de esas áreas.
Ya sabes, en función del mayor o menor peso de cada centro de consciencia.
O mucho cuerpo, o mucha mente o una ida de olla espiritual.
La Cosmología del Rave, con su lenguaje mítico pseudocientífico, te lleva a la mente para intentar traducir qué coño significa que el monopolo quiera volver a acoplarse a su cristal de diseño.
Otros lo dejan en el misterio de lo etéreo, eso de que no se puede definir, eso de que cuando no sabes lo que sientes es amor.
Otros, más allá, arriban con su puto «todos somos uno».
Yo llevo muchos años cascándomela con este tipo de preguntitas y ahora, gracias a Dios, he dejado de hacérmelas.
Hoy la escribo, no porque me la haga, sino por llenar el hueco de la soledad que dejan la ausencia y la distancia.
Percibo un olor lejano que despierta en mí al lobo estepario.
Olor que define presencia, presencia que, como el aire, necesito para existir.
No le pongo nombre, solo siento que me ahogo.
Me cuesta vivir.
Llámalo como te salga de los cojones.
U ovarios…
© Alf Gauna, 2026