Estoy todo el día metiéndome con eso de la mente.
De hecho, soy un alienista.
Aquel que destruye esos patrones mentales que te alienan.
Pero especifiquemos.
No se trata de destruir la mente,
sino de recolocarla,
resetearla de condicionamientos.
Los métodos que utilizo son variados,
y a veces no dejan de ser una especie de exorcismo.
Establecer un equilibrio entre mano dura y ternura es la máxima para el éxito.
Y, por supuesto, la paciencia.
Paciencia que no tiene que ver con mis tiempos, pues yo me sitúo desde lo timeless, sino con los tiempos de cada cliente.
Sí, llámalo respetar los tiempos del otro.
El tercer elemento del brebaje mágico del alienista es la escucha.
Se habla de la alianza terapéutica, eso de ver si fluye la relación terapeuta-cliente, evaluando los posibles puentes o dilemas en la interacción, pero esto parte de una base errónea del propio comercio y del marketing terapéutico.
Mi vida no está compartimentada. El comercio nace del karma; la prosperidad armónica, del dharma.
Quien llega a mi vida es ya Dharma: lo trae la propia vida, no las Redes.
Yo despierto y pongo mi cóctel alienista en manos del que viene a mí a despertar.
Cada vez me gusta menos eso de sanar.
Yo no sano: yo revoluciono tu interior para despertar tu presencia.
Y que renazcas, abrazando tus sombras, abriendo tu corazón, creciendo y, finalmente, mostrándote e integrándote orgánicamente en el sistema gáyico, más allá del ego humano.
Eso.
Sin más.
© Alf Gauna, 2026