Siempre jugué solo.
Soy un Ogino tardío.
The family ya estaba consolidada, con sus luces y sus sombras, cuando la cigüeña de Andrómeda arribó al barrio conmigo de paquete.
La sensación de “extraño” fue inmediata.
Imagina: el rechazo del príncipe destronado aún sigue coleando.
Sí, como la peli de la época: “La familia y… uno más”.
Lo bueno, o lo malo, es que se desarrolla una gran imaginación para entretenerse.
Me montaba mis propias películas; creo que sigo haciéndolo.
Por otro lado, eso de la amistad tampoco funcionó. Sigue sin funcionar, al menos en proximidad.
Ya de adolescente hubo un atisbo de pandilla que duró unos años, pero por h o por b mi “extrañeza” seguía pululando y nada terminaba de cuajar.
Claro, la pregunta del millón es: ¿qué coño significa cuajar una amistad?
Todavía sigo investigándolo, buscando una amiguita con quien jugar a la oca post-turquesa.
Sí, dos centauros que, desde la interdependencia, comenten apasionadamente los sabores y sinsabores de la vida.
No, no es pareja; es tomar café. Incluso quizá me atrevería a ir al cine; a un museo, nunca. Mirar alguna librería y, of course, darle mucho a la labia.
No sé si hay Tinder post-turquesa, pero eso de matchear a lo virtual no me va.
Necesito un tiempo para sentirla y eso, por lo visto, ya no se lleva.
No hay tiempo pa’ na.
Pues nada, seguiremos dándole a la Fantástica…
Hasta que alguna Terminator Kósmica encarne en un arcoíris de consciencia y se avenga a tomar un coffee with me.
Qui lo sa.
© Alf Gauna, 2026