Somos los trozos del cocido de la mutación.
En el caldero de Gaia.
A fuego lento.
Fermentamos.
Este año, el programa ha avivado el fuego para que esté a punto para 2027.
Claro, cuando el calor se homogeniza, hay pedacitos que se pasan más, otros se queman y otros cogen su punto.
No, ninguno se queda crudo.
Para mí es un hecho que la biología del carbono tiene los días contados.
No es operativa.
La esperanza humana de continuar se inventa proyecciones en forma de cyborgs, sintéticos o híbridos.
Ya sabes: mixing de carbono y silicio, silicio solo o silicios donde la conciencia humana se ha “download-do”.
La tercera vía, la apocalíptica, es que venga un meteorito de esos que pululan por el vecindario y toíto a tomar por culo.
Como aquí todo es especulación,
especulemos.
Está claro que lo que realmente nos mata son virus y bacterias.
De hecho, somos marionetas de la biota y del ARN, no del ADN.
El ADN, en el fondo, es tonto; el que repica es el ARN, el verdadero hermeneuta.
Arcilla modelada por el entorno mediante la mutación y la epigenética.
La neuroplasticidad es el sueño temporal de la vanidad humana, un medio para que lo transpersonal llegue al rave.
Pues eso: ese ejército invisible de virus, que no deja de ser una versión químico-molecular encarnada de los quarks, esas estrellas del vacío cuántico, escondidos entre los protones de los núcleos de los elementos estelares, son a su vez nuestros asesinos y, en el fondo, nuestras almas.
Son los verdaderos viajeros del espacio, que mutarán su membrana a modo de silicio, como escafandra kósmica.
Dentro de sí llevarán la data de la experiencia humana.
Unos embarazados de ADN, la cognición más apta; otros preñados de ARN, la forma más apta.
Meanwhile…
…soñemos con variopintas
y creativas
to-be-continued-s…
© Alf Gauna, 2026