En esto del acompañamiento hay muchos sinsabores.
El ego trascendido no se acepta; se interpreta como soberbia.
Incluso como una trampa del ser.
Que engañas.
La mecánica superficial no ayuda, pues parece que la emoción oculta la cognición, cuando en realidad solo la colorea.
Y eso al humano cansa, agota, más aún a cierta edad.
Ya no es cuestión de paciencia, que es infinita, sino de comprender que los procesos duran lo que duran.
Por eso cada vez me cuesta más decir que sí a ciertos procesos.
Sobre todo cuando vienen a cambiarte a ti, algo muy habitual cuando acompañas a otro proyector. Ya sabes: los egos sin definir son como el Fairy; siempre hay grasa que quitar. Algo que un ego definido conoce, pero que ya ha aceptado —o al que se ha rendido, según quién lo mire— y no siente la necesidad de seguir limpiando.
La cosa se complica cuando lo que se trabaja son heridas de la infancia difíciles de reconocer y, sobre todo, de aceptar.
Yo sí las identifico en el otro, porque mi cuerpo habla y porque mi experiencia las corrobora.
Intentar explicarlo ya me da pereza. En realidad, solo queda esperar a que emerja en el otro la epifanía de la aceptación corporal, casi siempre acompañada de algún tipo de crisis, propia o cercanamente tribal.
El juego de lo personal es lo que realmente confunde. Incluso a mí todavía. Pero todo se aclara cuando se encuentra el momento, en ese lugar correcto, y después se metaboliza en la distancia, desde el aislamiento energético.
La luna llena habla seis meses después de la luna nueva.
© Alf Gauna, 2026