Todos tenemos algo que decir

Pero el secreto es que no a todos les tiene que interesar.

Y menos aún gustar o estar de acuerdo.

Y mucho menos que venga uno de fuera a destruir lo que dices porque, supuestamente, no es Verdad.

Claro, el problema es la Verdad con mayúscula.

Pasa lo mismo con la Bondad, también con mayúscula, y con la Moral.

Sí, las dichosas leyes, ya sean de los «Estados» o de «las Iglesias», al final marcan las conciencias.

Ese Superyó freudiano, llámalo Wa si quieres, es el que rompe el concepto de fractal.

El posmodernismo, con su enrollado «todas las verdades relativas son aceptables», intentó arreglarlo, pero lo jodió al establecerlo como dogma inamovible.

Al final, todo es cuestión de pronombres. En el momento en que metes un Yo o un Nosotros, el puzle se cae.

Identificar la Belleza con el Yo es la trampa.

Prioriza al sujeto.

Y kósmicamente no es correcto.

Identificar la Verdad con el It es otro artificio contable.

Al igual que situar la Bondad en un falso Nosotros.

Sí, cuando aparece el sujeto con el lenguaje y los pronombres personales, «la cosa no funciona».

Y no funciona como mecanismo retrocognitivo para indagar en la Big History, pues todos somos objetos de un mismo Kosmos.

Entiendo que estamos en esa frontera prenoosférica que confunde a ese exceso cartesiano que prioriza el pensamiento en la existencia, pero…

Imagina un Kosmos como un pulpo ciego y dormido, con 8.000 millones de patas que actúan como sensores objetivos de ese afuera desconocido.

El objetivo es el cognoscere.

No hay Verdad.

No hay Bondad.

Puros antropomorfismos.

Solo hay el arte de conocer.

El pronombre personal muere.

El Superyó también.

Quizá solo queden enjambres de its que pueden decir lo que quieran y que, por resonancia, se fractalizan.

No hay un Yo que decida qué es bello.

Ni un Nosotros que tenga que estar de acuerdo.

Puro arte sin lenguaje.

Solo color en resonancia.

No la Belleza como juicio.

La Belleza per se.

© Alf Gauna, 2026

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