Dos en la carretera

Este Han Solo que habito tiene trampa.

Pues, en el fondo, siempre añoro a Leia.

El brujo, el exorcista, el sanador, si me apuras, el falso mentor o catedrático, solo quiere una sencilla historia de amor.

Cine, palomitas, cafecito con croissant, paseíto en moto por la city, un beso aquí, un beso allá.

Todo muy mamífero de los 60, si me apuras, de los 50, salpimentado al ritmo de la música de los 80.

Añoro los 80.

Ese estudiante de Físicas que, en su Vespa, intentaba ligar con su amor platónico.

Es recurrente. Cualquier canción un poco romántica, o cualquier serie o película con temática relacional adolescente, despierta en mí el anhelo.

Cuando digo adolescente, lo digo a la antigua, nada de los rollos tipo Euphoria de ahora.

Todo muy básico.

Oye, que si luego se folla, estupendo, pero en el fondo hay una larga previa de emociones encontradas, de malentendidos, de pasiones potenciales, de perdones y de reencuentros.

Sí, todo muy de bolero.

¿Sabes?

Mientras habitaba en el vientre de mami, ella leía sus novelitas rosas. Yo comía palomitas a través del cordón del amor umbilical mientras seguía el streaming de su romanticismo, muy a lo Chopin.

El tema de Lara, Dos en la carretera, The Sandpiper y muchas otras eran el fondo musical.

Todo muy de ambiente de salón de hotel lujoso, quizá en la Costa Azul.

Así, cuando en el Spotify aleatorio emerge alguna melodía de la época, la cueva uterina romántica remueve el fluido amniótico del recuerdo.

Contracciones que añoran la paz, el silencio y la nutrición del vientre materno.

Me tuvieron que amputar el ombligo para poder vivir, dejar de ser, para ser Dasein.

No sé si «ser Dasein» tiene sentido. Suena a pleonasmo antagónico, a onomatopeya de carbono.

Suspiro y escribo.

Escribo.

Suspiro.

Añoro.

Sueño con un beso, aunque el pecado despierte la culpa.

El precio del amor.

© Alf Gauna, 2026

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