Llevo a mi mami muy adentro. A papi también.
Ella, romántica empedernida.
Él, seductor y putero.
Post-boomers!, perdón por el término, pero es lo que había en aquella época.
Bueno, ahora también, pero se esconde y se persigue.
¿Sabes? Lo que se hereda no son solo los genes, sino también la vida, la biografía de cada progenitor.
La más identificable desde lo mental suele ser la de los padres, aunque la de los abuelos queda profundamente marcada en el cuerpo. La integración holística de esas dos generaciones previas configura, y mucho, nuestras experiencias.
Para mi gusto, es la epigenética la que más nos marca.
Ya sabes: seis vidas sumadas a la tuya.
Seis guionistas que configuran tus respuestas a lo que la vida te trae.
Entiéndeme.
No hablo de sanación, ni de constelaciones, ni de esas polladas de exceso de Fairy.
Hablo de sentir.
Sin más.
No soy un individuo.
Soy un árbol con múltiples raíces sensitivas y epigenéticas, y acepto sentir el mosaico de lo que acontece en el jardín de mi vida.
Quiero el amor apasionado de las novelas rosas de María Luisa Linares que leía mi mami.
Quiero seducir como mi papi y sentir el morbo de lo prohibido.
Quiero odiar como mi abuela a mi abuelo adúltero.
Quiero ser un pionero como ese abuelo adúltero.
Quiero la curiosidad del científico, como la del solitario abuelo vasco.
Y la frialdad, la dureza y la ambición de mi abuela burgalesa.
Todo desde el tronco de mi ser.
En el Dasein de la vida.
No tengo nada que perdonar, ni que trascender, ni que sanar.
Puro antropocentrismo new age.
Solo tengo que agradecer la riqueza de los matices emocionales heredados.
Porque me permiten ser más consciente.
Más pleno.
Más lleno de perspectivas multitemporales.
Toda esa historia encarnada en mí para amar desde múltiples dimensiones.
Y vivir una Love Story única y diferenciada.
Sí.
Con ella.
© Alf Gauna, 2026