El mal no hay que comprenderlo.
Mucho menos empatizar con él.
Simplemente hay que enfrentarlo cara a cara, al menos hasta que tu integridad física no peligre.
Es fácil, como yo, dar explicaciones sobre eso de “más allá del bien y del mal” cuando estás inmerso en plena batalla contra él.
En ese momento, la función de onda del maestro cuántico zen advaita, alejado del mundanal ruido, colapsa en San Jorge, y su espada corta escrotos de dragones viperinos.
En un pis pas activo mi plexo solar, nutrido desde la raíz, con la mala hostia adecuada para la guerra.
La 19.5 es la que se sacrifica.
Si hay que morir, se muere; más como proyector, más aún ayudando a los que se quiere,
y muchísimo más a los desamparados.
Se puede pensar que es quijotismo o vanidad; para mí es devoción y servicio, la alta frecuencia de mi ADN.
También se puede pensar que es egoísmo. Piensa lo que quieras: para mí es la expresión máxima de mi propósito.
Otro cantar es si se me invita o no a esa guerra.
Mientras, afilo el filo de mi espada.
Zis, zas.
Zis, zas.
© Alf Gauna, 2026