La física de la música y de la poesía

El universo, es música.

La biología, poesía.

La física, un director anónimo de orquesta.

Un simple naturalismo poético.

Melodías kósmicas construidas con la física de la atracción y de la repulsión, donde la voz poética de la experiencia biológica deletrea formando un karaoke multidimensional y donde, el dios divino de la evolución, aprende a cantar el sueño emergente de la novedad inconsciente y azarosa. 

El big bang de la música, el big bang de la poesía a la espera del Big Bang del Intérprete Omega.

El sueño jesuita de Teilhard de Chardin construido a partir de quarks, electrones, neutrinos y una danza sufi de rotación, precesión y orbitación, sueño de una supuesta traslación.

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Un panteísmo de partículas divinas donde sus simples relaciones vibracionales construyen ese Amplituhedro Omega capaz de ensalmar la poesía kósmica del sueño de la conciencia.

En estas pocas líneas, la física de lo cuántico muere en una simple cosmogonia ondulatoria relacional.

La estrategia técnica muere en una simple receptividad observacional de la ontología del universo.

No hay más, lo es todo.

©Alf Gauna, 2020

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